
Hasta su aparición, todos teníamos claro lo que eran los derechos de autor y la propiedad intelectual. Si comprabas un libro o un CD, sabías que parte del importe iba a parar a la cuenta corriente del creador. Pero, ¿qué pasa ahora que nos descargamos los libros, los discos y las obras de arte con un solo clic y sin transacciones económicas de por medio?
Ante esta cuestión saltan a la palestra los creative commons, el copyright, el copyleft, los DRM y los cánones, pero ninguna de estas aportaciones ha logrado hasta el momento contentar a todos y solucionar los problemas de autoría y propiedad intelectual, tan necesarios para el desarrollo y buen funcionamiento de la Sociedad de la Información.
Los más utópicos aportan como solución llevar a cabo una reeducación social para que todos los individuos realicen un correcto uso de las nuevas tecnologías atendiendo a los intereses y necesidades de los autores de los contenidos. Pero esto no se queda más que en eso, en una utopía. Es muy recurrente el discurso de “reeducación social”, pero, ¿cómo reeducar a seis mil seiscientas setenta millones treinta y seis mil novecientas cincuenta y cinco personas? (6.670.037.955 según apuntaba el reloj de la población mundial en el momento de la consulta).
El que es necesario una reforma del sistema legislativo para esta era dominada por las nuevas tecnologías es obvio, pero cómo hacerlo se escapa de las manos y de la inventiva de los mayores intelectuales de nuestra época. Evidentemente, yo tampoco tengo una respuesta, pero como consumidora sé que las medidas que se están llevando a cabo no me favorecen y como posible autora, tampoco.
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